28 de octubre 2014

Agonía

Lectura para hoy: 
El Deseado de Todas las Gentes, p. 641 – 644

Escúchalo aquí:

El primer impulso de los discípulos fue ir hacia él; pero les había invitado a quedarse allí velando y orando. Cuando Jesús vino a ellos, los halló otra vez dormidos. Otra vez había sentido un anhelo de compañía, de oír de sus discípulos algunas palabras que le aliviasen y quebrantasen el ensalmo de las tinieblas que casi le dominaban. Pero “los dos de ellos estaban cargados; y no sabían qué responderle.”

Su presencia los despertó.Vieron su rostro surcado por el sangriento sudor de la agonía, y se llenaron de temor. No podían comprender su angustia mental. “Tan desfigurado, era su aspecto más que el de cualquier hombre, y su forma más que la de los hijos de Adán.” (Isaías 52: 14) Apartándose, Jesús volvió a su lugar de retiro y cayó postrado, vencido por el horror de una gran obscuridad. La humanidad del Hijo de Dios temblaba en esa hora penosa. Oraba ahora no por sus discípulos, para que su fe no faltase, sino por su propia alma tentada y agonizante.

Había llegado el momento pavoroso, el momento que había de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo. Cristo podía aun ahora negarse a beber la copa destinada al hombre culpable. Todavía no era demasiado tarde. Podía enjugar el sangriento sudor de su frente y dejar que el hombre pereciese en su iniquidad. Podía decir: Reciba el transgresor la penalidad de su pecado, y yo volveré a mi Padre. ¿Beberá el Hijo de Dios la amarga copa de la humillación y la agonía? ¿Sufrirá el inocente las consecuencias de la maldición del pecado, para salvar a los culpables?

Las palabras caen temblorosamente de los pálidos labios de Jesús: “Padre mío, si no puede este vaso pasar de mi sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.” Tres veces repitió esta oración. Tres veces rehuyó su humanidad el último y culminante sacrificio, pero ahora surge delante del Redentor del mundo la historia de la familia humana. Ve que los transgresores de la ley, abandonados a si mismos, tendrían que perecer. Ve la impotencia del hombre. Ve el poder del pecado. Los ayes y lamentos de un mundo condenado surgen delante de él. Contempla la suerte que le tocaría, y su decisión queda hecha. Salvará al hombre, sea cual fuere el costo. Acepta su bautismo de sangre, a fin de que por él los millones que perecen puedan obtener vida eterna. Dejó los atrios celestiales, donde todo es pureza, felicidad y gloria, para salvar a la oveja perdida, al mundo que cayó por la transgresión. Y no se apartará de su misión. Hará propiciación por una raza que quiso pecar.

Su oración expresa ahora solamente sumisión: “Si no puede este vaso pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.” Habiendo hecho la decisión, cayó moribundo al suelo del que se había levantado parcialmente. ¿Dónde estaban ahora sus discípulos, para poner tiernamente sus manos bajo la cabeza de su Maestro desmayado, y bañar esa frente desfigurada en verdad más que la de los hijos de los hombres? El Salvador piso solo el lagar, y no hubo nadie del pueblo con él. Pero Dios sufrió con su Hijo. Los ángeles contemplaron la agonía del Salvador. Vieron a su Señor rodeado por laslegiones de las fuerzas satánicas, y su naturaleza abrumada por un pavor misterioso que lo hacia estremecerse. Hubo silencio en el cielo. Ningún arpa vibraba. Si los mortales hubiesen percibido el asombro de la hueste angélica mientras en silencioso pesar veía al Padre retirar sus rayos de luz, amor y gloria de su Hijo amado, comprenderían mejor cuán odioso es a su vista el pecado.

Los mundos que no habían caído y los ángeles celestiales habían mirado con intenso interés mientras el conflicto se acercaba a su fin. Satanás y su confederación del mal, las legiones de la apostasía, presenciaban atentamente esta gran crisis de la obra de redención. Las potestades del bien y del mal esperaban para ver qué respuesta recibirla la oración tres veces repetida por Cristo. Los ángeles habían anhelado llevar alivio al divino doliente, pero esto no podía ser. Ninguna vía de escape había para el Hijo de Dios. En esta terrible crisis, cuando todo estaba en juego, cuando la copa misteriosa temblaba en la mano del Doliente, los cielos se abrieron, una luz resplandeció de en medio de la tempestuosa obscuridad de esa hora crítica, y el poderoso ángel que está en la presencia de Dios ocupando el lugar del cual cayó Satanás, vino al lado de Cristo.

No vino para quitar de su mano la copa, sino para fortalecerle a fin de que pudiese beberla, asegurado del amor de su Padre. Vino para dar poder al suplicante divino-humano. Le mostró los cielos abiertos y le habló de las almas que se salvarían como resultado de sus sufrimientos. Le aseguró que su Padre es mayor y más poderoso que Satanás, que su muerte ocasionaría la derrota completa de Satanás, y que el reino de este mundo sería dado a los santos del Altísimo. Le dijo que vería el trabajo de su alma y quedaría satisfecho, porque vería una multitud de seres humanos salvados, eternamente salvos.

La agonía de Cristo no cesó, pero le abandonaron su depresión y desaliento. La tormenta no se había apaciguado, pero el que era su objeto fue fortalecido para soportar su furia. Salió de la prueba sereno y henchido de calma. Una paz celestial se leía en su rostro manchado de sangre. Había soportado lo que ningún ser humano hubiera podido soportar; porque había gustado los sufrimientos de la muerte por todos los hombres.

Los discípulos dormidos habían sido despertados repentinamente por la luz que rodeaba al Salvador. Vieron al ángel que se inclinaba sobre su Maestro postrado. Le vieron alzar la cabeza del Salvador contra su pecho y señalarle el cielo. Oyeron su voz, como la música más dulce, que pronunciaba palabras de consuelo y esperanza. Los discípulos recordaron la escena transcurrida en el monte de la transfiguración. Recordaron la gloria que en el templo había circuido a Jesús y la voz de Dios que hablara desde la nube. Ahora esa misma gloria se volvía a revelar, y no sintieron ya temor por su Maestro. Estaba bajo el cuidado de Dios, y un ángel poderoso había sido enviado para protegerle.

Nuevamente los discípulos cedieron, en su cansancio, al extraño estupor que los dominaba. Nuevamente Jesús los encontró durmiendo. Mirándolos tristemente, dijo: “Dormid ya, y descansad: he  aquí ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores.” Aun mientras decía estas palabras, oía los pasos de la turba que le buscaba, y añadió: “Levantaos, vamos: he aquí ha llegado el que me ha entregado.”

No se veían en Jesús huellas de su reciente agonía cuando se dirigió al encuentro de su traidor. Adelantándose a sus discípulos, dijo: “¿A quién buscáis?” Contestaron: “A Jesús Nazareno.” Jesús respondió: “Yo soy.” Mientras estas palabras eran pronunciadas, el ángel que acababa de servir a Jesús, se puso entre él y la turba. Una luz divina iluminó el rostro del Salvador, y le hizo sombra una figura como de paloma. En presencia de esta gloria divina, la turba homicida no pudo resistir un momento. Retrocedió tambaleándose. Sacerdotes, ancianos, soldados, y aún Judas, cayeron como muertos al suelo.

El ángel se retiró, y la luz se desvaneció. Jesús tuvo oportunidad de escapar, pero permaneció sereno y dueño de sí. Permaneció en pie como un ser glorificado, en medio de esta banda endurecida, ahora postrada e inerme a sus pies. Los discípulos miraban, mudos de asombro y pavor. Pero la escena cambió rápidamente. La turba se levantó. Los soldados romanos, los sacerdotes y judas se reunieron en derredor de Cristo. Parecían avergonzados de su debilidad, y temerosos de que se les escapase todavía, Volvió el Redentor a preguntar: “¿A quién buscáis?”

Habían tenido pruebas de que el que estaba delante de ellos era el Hijo de Dios, pero no querían convencerse. A la pregunta: “¿A quién buscáis?” volvieron a contestar: “A Jesús Nazareno.” El Salvador les dijo entonces: “Os he dicho que yo soy: pues si a mí buscáis, dejad ir a éstos,” señalando a los discípulos. Sabía cuán débil era la fe de ellos, y trataba de escudarlos de la tentación y la prueba. Estaba listo para sacrificarse por ellos.

El traidor Judas no se olvidó de la parte que debía desempeñar. Cuando entró la turba en el huerto, iba delante, seguido de cerca por el sumo sacerdote. Había dado una señal a los perseguidores de Jesús diciendo: “Al que yo besare, aquél es: prendedle.” (Mateo 26: 48) Ahora, fingiendo no tener parte con ellos, se acercó a Jesús, le tomó de la mano como un amigo familiar, diciendo: “Salve, Maestro,” le besó repetidas veces, simulando llorar de simpatía por él en su peligro.

Foto: http://bit.ly/1tALtKK

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