20 de junio 2014

Fe
Lectura para hoy:
 
                   El Deseado de todas las gentes, p. 371-372

Capítulo 43 – Barreras Quebrantadas

Después de su encuentro con los fariseos, Jesús se retiró de Capernaúm, y cruzando Galilea, se fue a la región montañosa de los confines de Fenicia. Mirando hacia el occidente, podía ver dispersas por la llanura que se extendía abajo las antiguas ciudades de Tiro y Sidón, con sus templos paganos, sus magníficos palacios y emporios de comercio, y los puertos llenos de embarcaciones cargadas. Más allá, se encontraba la expansión azul del Mediterráneo, por el cual los mensajeros del Evangelio iban a llevar las buenas nuevas hasta los centros del gran imperio mundial. Pero el tiempo no había llegado todavía. La obra que le esperaba ahora consistía en preparar a sus discípulos para su misión. Al venir a esa región, esperaba encontrar el retraimiento que no había podido conseguir en Betsaida. Sin embargo, éste no era su único propósito al hacer el viaje.

“He aquí una mujer cananea, que había salido de aquellos términos, clamaba, diciéndole: Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí; mi hija es malamente atormentada del demonio.” Los habitantes de esta región pertenecían a la antigua raza cananea. Eran idólatras, despreciados y odiados por los judíos. A esta clase pertenecía la mujer que ahora había venido a Jesús. Era pagana, y por lo tanto estaba excluida de las ventajas que los judíos disfrutaban diariamente. Había muchos judíos que vivían entre los fenicios, y las noticias de la obra de Cristo habían penetrado hasta esa región. Algunos de los habitantes habían escuchado sus palabras, y habían presenciado sus obras maravillosas. Esta mujer había oído hablar del profeta, quien, según se decía, sanaba toda clase de enfermedades. Al oír hablar de su poder, la esperanza había nacido en su corazón. Inspirada por su amor maternal, resolvió presentarle el caso de su hija. Había resuelto llevar su aflicción a Jesús. El debía sanar a su hija. Ella había buscado ayuda en los dioses paganos, pero no la había obtenido. Y a veces se sentía tentada a pensar: ¿Qué puede hacer por mí este maestro judío? Pero había llegado esta nueva: Sana toda clase de enfermedades, sean pobres o ricos los que a él acudan por auxilio. Y decidió no perder su única esperanza.

Cristo conocía la situación de esta mujer. El sabía que ella anhelaba verle, y se colocó en su camino. Ayudándola en su aflicción, él podía dar una representación viva de la lección que quería enseñar. Para esto había traído a sus discípulos. Deseaba que ellos viesen la ignorancia existente en las ciudades y aldeas cercanas a la tierra de Israel. El pueblo al cual había sido dada toda oportunidad de comprender la verdad no conocía las necesidades de aquellos que le rodeaban. No hacía ningún esfuerzo para ayudar a las almas que estaban en tinieblas. El muro de separación que el orgullo judío había erigido impedía hasta a los discípulos sentir simpatía por el mundo pagano. Pero las barreras debían ser derribadas.

Cristo no respondió inmediatamente a la petición de la mujer. Recibió a esta representante de una raza despreciada como la habrían recibido los judíos. Con ello quería que sus discípulos notasen la manera fría y despiadada con que los judíos tratarían un caso tal evidenciándola en su recepción de la mujer, y la manera compasiva con que quería que ellos tratasen una angustia tal, según la manifestó en la subsiguiente concesión de lo pedido por ella.

Pero aunque Jesús no respondió, la mujer no perdió su fe. Mientras él obraba como si no la hubiese oído, ella le siguió y continuó suplicándole. Molestados por su importunidad, los discípulos pidieron a Jesús que la despidiera.

 Foto: https://www.flickr.com/photos/saad/202747442

19 de junio 2014

amanecer
Lectura para hoy:
 
                   Mateo 15: 29-39
                   Marcos 7: 31-37

Mateo 15: 29-39 (NVI) – Jesús alimenta a los cuatro mil
29 Salió Jesús de allí y llegó a orillas del mar de Galilea. Luego subió a la montaña y se sentó. 30 Se le acercaron grandes multitudes que llevaban cojos, ciegos, lisiados, mudos y muchos enfermos más, y los pusieron a sus pies; y él los sanó. 31 La gente se asombraba al ver a los mudos hablar, a los lisiados recobrar la salud, a los cojos andar y a los ciegos ver. Y alababan al Dios de Israel.

32 Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
—Siento compasión de esta gente porque ya llevan tres días conmigo y no tienen nada que comer. No quiero despedirlos sin comer, no sea que se desmayen por el camino.
33 Los discípulos objetaron:
—¿Dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado suficiente pan para dar de comer a toda esta multitud?
34 ¿Cuántos panes tienen? —les preguntó Jesús.
—Siete, y unos pocos pescaditos.

35 Luego mandó que la gente se sentara en el suelo. 36 Tomando los siete panes y los pescados, dio gracias, los partió y se los fue dando a los discípulos. Éstos, a su vez, los distribuyeron a la gente. 37 Todos comieron hasta quedar satisfechos. Después los discípulos recogieron siete cestas llenas de pedazos que sobraron. 38 Los que comieron eran cuatro mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños. 39 Después de despedir a la gente, subió Jesús a la barca y se fue a la región de Magadán.

Marcos 7: 31-37 (NVI) – Jesús sana a un sordomudo
31 Luego regresó Jesús de la región de Tiro y se dirigió por Sidón al mar de Galilea, internándose en la región de Decápolis. 32 Allí le llevaron un sordo tartamudo, y le suplicaban que pusiera la mano sobre él. 33 Jesús lo apartó de la multitud para estar a solas con él, le puso los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. 34 Luego, mirando al cielo, suspiró profundamente y le dijo: «¡Efatá!» (que significa: ¡Ábrete!). 35 Con esto, se le abrieron los oídos al hombre, se le destrabó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

36 Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más se lo prohibía, tanto más lo seguían propagando. 37 La gente estaba sumamente asombrada, y decía: «Todo lo hace bien. Hasta hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

 Foto: http://bit.ly/1hI4UYP

18 de junio 2014

Biblia
Lectura para hoy:
 
                   El Deseado de todas las gentes, p. 367-370

Jesús no intentó defenderse a sí mismo o a sus discípulos. No aludió a las acusaciones dirigidas contra él, sino que procedió a desenmascarar el espíritu que impulsaba a estos defensores de los ritos humanos. Les dio un ejemplo de lo que estaban haciendo constantemente, y de lo que acababan de hacer antes de venir a buscarle. “Bien invalidáis —les dijo,— el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y: El que maldijere al padre o a la madre, morirá de muerte. Y vosotros decís: Basta si dijere un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (quiere decir, don mío a Dios) todo aquello con que pudiera valerte; y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre.” Desechaban el quinto mandamiento como si no tuviese importancia, pero eran muy meticulosos para cumplir las tradiciones de los ancianos. Enseñaban a la gente que el consagrar su propiedad al templo era un deber más sagrado aún que el sostén de sus padres; y que, por grande que fuera la necesidad de éstos, era sacrilegio dar al padre o a la madre cualquier porción de lo que había sido así consagrado. Un hijo infiel no tenía más que pronunciar la palabra “Corbán” sobre su propiedad, dedicándola así a Dios, y podía conservarla para su propio uso durante toda la vida, y después de su muerte quedaba asignada al servicio del templo. De esta manera quedaba libre tanto en su vida como en su muerte para deshonrar y defraudar a sus padres, bajo el pretexto de una presunta devoción a Dios.

Nunca, ni por sus palabras ni por sus acciones, menoscabó Jesús la obligación del hombre de presentar dones y ofrendas a Dios. Cristo fue quien dio todas las indicaciones de la ley acerca de los diezmos y las ofrendas. Cuando estaba en la tierra, elogió a la mujer pobre que dio todo lo que tenía a la tesorería del templo. Pero el celo por Dios que aparentaban los sacerdotes y rabinos era un simulacro que cubría su deseo de ensalzamiento propio. El pueblo era engañado por ellos. Llevaba pesadas cargas que Dios no le había impuesto. Aun los discípulos de Cristo no estaban completamente libres del yugo de los prejuicios heredados y la autoridad rabínica. Ahora, revelando el verdadero espíritu de los rabinos, Jesús trató de libertar de la servidumbre de la tradición a todos los que deseaban realmente servir a Dios.

“Hipócritas —dijo, dirigiéndose a los astutos espías,— bien profetizó de vosotros Isaías, diciendo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí. Mas en vano me honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres.” Las palabras de Cristo eran una requisitoria contra el farisaísmo. El declaró que al poner sus requerimientos por encima de los principios divinos, los rabinos se ensalzaban más que a Dios.

Los diputados de Jerusalén se quedaron llenos de ira. No pudieron acusar a Cristo como violador de la ley dada en el Sinaí, porque hablaba como quien la defendía contra sus tradiciones. Los grandes preceptos de la ley, que él había presentado, se destacaban en sorprendente contraste frente a las mezquinas reglas que los hombres habían ideado. A la multitud, y más tarde con mayor plenitud a sus discípulos, Jesús explicó que la contaminación no proviene de afuera, sino de adentro. La pureza e impureza se refieren al alma. Es la mala acción, la mala palabra, el mal pensamiento, la transgresión de la ley de Dios, y no la negligencia de las ceremonias externas ordenadas por los hombres, lo que contamina a un hombre.

Los discípulos notaron la ira de los espías al ver desenmascarada su falsa enseñanza. Vieron sus miradas airadas y oyeron las palabras de descontento y venganza que murmuraban. Olvidándose de cuán a menudo Cristo había dado pruebas de que leía el corazón como un libro abierto, le hablaron del efecto de sus palabras. Esperando que él conciliaría a los enfurecidos magistrados, dijeron a Jesús: “¿Sabes que los fariseos oyendo esta palabra se ofendieron?” El contestó: “Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.” Las costumbres y tradiciones tan altamente apreciadas por los rabinos eran de este mundo, no del cielo. Por grande que fuese su autoridad sobre la gente, no podían soportar la prueba de Dios. Cada invención humana que haya substituido los mandamientos de Dios, resultará inútil en aquel día en que “Dios traerá toda obra a juicio, el cual se hará sobre toda cosa oculta, buena o mala.” (Eclesiastés 12: 14)

La substitución de los mandamientos de Dios por los preceptos de los hombres no ha cesado. Aun entre los cristianos, se encuentran instituciones y costumbres que no tienen mejor fundamento que la tradición de los padres. Tales instituciones, al descansar sobre la sola autoridad humana, han suplantado a las de creación divina. Los hombres se aferran a sus tradiciones, reverencian sus costumbres y alimentan odio contra aquellos que tratan de mostrarles su error. En esta época, cuando se nos pide que llamemos la atención a los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, vemos la misma enemistad que se manifestó en los días de Cristo. Acerca del último pueblo de Dios, está escrito: “El dragón fue airado contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo.” (Apocalipsis 12: 17)

Pero “toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.” En lugar de la autoridad de los llamados padres de la iglesia, Dios nos invita a aceptar la Palabra del Padre eterno, el Señor de los cielos y la tierra. En ella sola se encuentra la verdad sin mezcla de error. David dijo: “Más que todos mis enseñadores he entendido: porque tus testimonios son mi meditación. Más que los viejos he entendido, porque he guardado tus mandamientos.” (Salmo 119: 99, 100) Todos aquellos que aceptan la autoridad humana, las costumbres de la iglesia, o las tradiciones de los padres, presten atención a la amonestación que encierran las palabras de Cristo: “En vano me honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres.”

 Foto: http://bit.ly/SUyODR

17 de junio 2014

begging
Lectura para hoy:
 
                   Mateo 15: 21-28
                   Marcos 7: 24-30
                   El Deseado de todas las gentes, p. 365, 366

 

Mateo 15: 21-28 (RVR60) – La fe de la mujer cananea
21 Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón.
22 Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole:
-¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio.

23 Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros.
24 Él respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
25 Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme!
26 Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.
27 Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.
28 Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.
Y su hija fue sanada desde aquella hora.

Marcos 7: 24-30 (NTV) – La fe de la mujer sirofenicia
24 Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse.
25 Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies. 26 La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. 27 Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.
28 Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos.
29 Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija.
30 Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama.
30 Cuando ella llegó a su casa, encontró a su hijita tranquila recostada en la cama, y el demonio se había ido.

El Deseado de todas las gentes, p. 365, 366
Capítulo 42 – LTradición

Los escribas y fariseos, esperando ver a Jesús en la Pascua, le habían preparado una trampa. Pero Jesús, conociendo su propósito, se mantuvo ausente de esta reunión. “Entonces llegaron a Jesús ciertos escribas y fariseos.” Como él no fue a ellos, ellos acudieron a él. Por un tiempo había parecido que el pueblo de Galilea iba a recibir a Jesús, y que quedaría quebrantado el poder de la jerarquía en aquella región. La misión de los doce, indicadora de la extensión de la obra de Cristo, al poner a los discípulos en conflicto más directo con los rabinos, había excitado de nuevo los celos de los dirigentes de Jerusalén. Habían sido confundidos los espías que ellos habían mandado a Capernaúm durante la primera parte de su ministerio, cuando trataron de acusarle de que violaba el sábado; pero los rabinos estaban resueltos a llevar a cabo sus fines; enviaron ahora otra diputación para vigilar sus movimientos y encontrar alguna acusación contra él.

Como antes, la base de su queja era su desprecio de los preceptos tradicionales que recargaban la ley de Dios. Se los decía ideados para mantener la observancia de la ley, pero eran considerados como más sagrados que la ley misma. Cuando contradecían los mandamientos dados desde el Sinaí, se daba la preferencia a los preceptos rabínicos. Entre las observancias que con más rigor se imponían, estaba la de la purificación ceremonial. El descuido de las formas que debían observarse antes de comer, era considerado como pecado aborrecible que debía ser castigado tanto en este mundo como en el venidero; y se tenía por virtud el destruir al transgresor.

Las reglas acerca de la purificación eran innumerables. Y la vida entera no habría bastado para aprenderlas todas. La vida de los que trataban de observar los requerimientos rabínicos era una larga lucha contra la contaminación ceremonial, un sin fin de lavacros y purificaciones. Mientras la gente estaba ocupada en distinciones triviales, en observar lo que Dios no había pedido, su atención era desviada de los grandes principios de la ley.

Cristo y sus discípulos no observaban estos lavamientos ceremoniales y los espías hicieron de esta negligencia la base de su acusación. No hicieron, sin embargo, un ataque directo contra Cristo, sino que vinieron a él con una crítica referente a sus discípulos. En presencia de la muchedumbre, dijeron: “¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los ancianos? porque no se lavan las manos cuando comen pan.”

Siempre que el mensaje de la verdad llega a las almas con poder especial, Satanás excita a sus agentes para que provoquen alguna disputa referente a alguna cuestión de menor importancia. Así trata de distraer la atención de la cuestión verdadera. Siempre que se inicia una buena obra, hay maquinadores listos para entrar en disputa sobre cuestiones de forma o detalles técnicos, para apartar la mente de las realidades vivas. Cuando es evidente que Dios está por obrar de una manera especial en favor de su pueblo, no debe éste dejarse arrastrar a una controversia que ocasionará tan sólo la ruina de las almas. Las cuestiones que más nos preocupan son: ¿Creo yo con fe salvadora en el Hijo de Dios? ¿Está mi vida en armonía con la ley divina? “El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida.” “Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos.” (Juan 3: 36; 1 Juan 2: 3)

Foto: http://bit.ly/1omM0Ow

 
 

16 de junio 2014

Jesús - Rebrandt
Lectura para hoy:
 
                   El Deseado de todas las gentes, p. 360-364

Los judíos incrédulos se negaron a ver otra cosa sino el sentido más literal de las palabras del Salvador. Por la ley ritual se les prohibía probar la sangre, y ahora torcieron el lenguaje de Cristo hasta hacerlo parecer sacrílego, y disputaban entre sí acerca de él. Muchos, aun entre los discípulos dijeron: “Dura es esta palabra: ¿quién la puede oír?” El Salvador les contestó: “¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del hombre que sube donde estaba primero? El espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha: las palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida.”

La vida de Cristo, que da vida al mundo, está en su palabra. Fue por su palabra como Jesús sanó la enfermedad y echó los demonios; por su palabra calmó el mar y resucitó los muertos; y la gente dio testimonio de que su palabra era con autoridad. El hablaba la palabra de Dios, como había hablado por medio de todos los profetas y los maestros del Antiguo Testamento. Toda la Biblia es una manifestación de Cristo, y el Salvador deseaba fijar la fe de sus seguidores en la Palabra. Cuando su presencia visible se hubiese retirado, la Palabra sería fuente de poder para ellos. Como su Maestro, habían de vivir “con toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mateo 4: 4)

Así como nuestra vida física es sostenida por el alimento, nuestra vida espiritual es sostenida por la palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de la Palabra de Dios para sí. Como debemos comer por nosotros mismos a fin de recibir alimento, así hemos de recibir la Palabra por nosotros mismos. No hemos de obtenerla simplemente por medio de otra mente. Debemos estudiar cuidadosamente la Biblia, pidiendo a Dios la ayuda del Espíritu Santo a fin de comprender su Palabra. Debemos tomar un versículo, y concentrar el intelecto en la tarea de discernir el pensamiento que Dios puso en ese versículo para nosotros. Debemos espaciarnos en el pensamiento hasta que venga a ser nuestro y sepamos “lo que dice Jehová.”

En sus promesas y amonestaciones, Jesús se dirige a mí. Dios amó de tal manera al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que, creyendo en él, yo no perezca, sino tenga vida eterna. Lo experimentado según se relata en la Palabra de Dios ha de ser lo que yo experimente. La oración y la promesa, el precepto y la amonestación, son para mí. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2: 20) A medida que la fe recibe y se asimila así los principios de la verdad, vienen a ser parte del ser y la fuerza motriz de la vida. La Palabra de Dios, recibida en el alma, amolda los pensamientos y entra en el desarrollo del carácter.

Mirando constantemente a Jesús con el ojo de la fe, seremos fortalecidos. Dios hará las revelaciones más preciosas a sus hijos hambrientos y sedientos. Hallarán que Cristo es un Salvador personal. A medida que se alimenten de su Palabra, hallarán que es espíritu y vida. La Palabra destruye la naturaleza terrenal y natural e imparte nueva vida en Cristo Jesús. El Espíritu Santo viene al alma como Consolador. Por el factor transformador de su gracia, la imagen de Dios se reproduce en el discípulo; viene a ser una nueva criatura. El amor reemplaza al odio y el corazón recibe la semejanza divina. Esto es lo que quiere decir vivir de “toda palabra que sale de la boca de Dios.” Esto es comer el Pan que descendió del cielo.

Cristo había pronunciado una verdad sagrada y eterna acerca de la relación entre él y sus seguidores. El conocía el carácter de los que aseveraban ser discípulos suyos, y sus palabras probaron su fe. Declaró que habían de creer y obrar según su enseñanza. Todos los que le recibían debían participar de su naturaleza y ser conformados según su carácter. Esto entrañaba renunciar a sus ambiciones más caras. Requería la  completa entrega de sí mismos a Jesús. Eran llamados a ser abnegados, mansos y humildes de corazón. Debían andar en la senda estrecha recorrida por el Hombre del Calvario, si querían participar en el don de la vida y la gloria del cielo.

La prueba era demasiado grande. El entusiasmo de aquellos que habían procurado tomarle por fuerza y hacerle rey se enfrió. Este discurso pronunciado en la sinagoga —declararon,— les había abierto los ojos. Ahora estaban desengañados. Para ellos, las palabras de él eran una confesión directa de que no era el Mesías, y de que no se habían de obtener recompensas terrenales por estar en relación con él. Habían dado la bienvenida a su poder de obrar milagros; estaban ávidos de verse libres de la enfermedad y el sufrimiento; pero no podían simpatizar con su vida de sacrificio propio. No les interesaba el misterioso reino espiritual del cual les hablaba. Los que no eran sinceros, los egoístas, que le habían buscado, no le deseaban más. Si no quería consagrar su poder e influencia a obtener su libertad de los romanos, no querían tener nada que ver con él.

Jesús les dijo claramente: “Hay algunos de vosotros que no creen;” y añadió: “Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.” El deseaba que comprendiesen que si no eran atraídos a él, era porque sus corazones no estaban abiertos al Espíritu Santo. “El hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura: y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente.” (1 Corintios 2: 14) Por la fe es como el alma contempla la gloria de Jesús. Esta gloria está oculta hasta que, por el Espíritu Santo, la fe se enciende en el alma.

Por el reproche público dirigido a su incredulidad, estos discípulos se alejaron aun más de Jesús. Sintieron profundo desagrado y, deseando herir al Salvador y satisfacer la malicia de los fariseos, le dieron la espalda y le abandonaron con desdén. Habían hecho su elección: habían tomado la forma sin el espíritu, la envoltura sin el grano. Nunca habían de cambiar de decisión, porque no anduvieron más con Jesús.

“Su aventador en su mano está, y aventará su era: y allegará su trigo en el alfolí.” (Mateo 3:12) Esta fue una de las ocasiones en que se hizo limpieza. Por las palabras de verdad, estaba separándose el tamo del trigo. Porque eran demasiado vanos y justos en su propia estima para recibir reprensión, y amaban demasiado el mundo para aceptar una vida de humildad, muchos se apartaron de Jesús. Muchos están haciendo todavía la misma cosa. El alma de muchos es probada hoy como lo fue la de los discípulos en la sinagoga de Capernaúm. Cuando la verdad penetra en el corazón, ven que su vida no está de acuerdo con la voluntad de Dios. Ven la necesidad de un cambio completo en sí; pero no están dispuestos a realizar esta obra de negarse a sí mismos. Por lo tanto, se aíran cuando sus pecados son descubiertos. Se van ofendidos, así como los discípulos abandonaron a Jesús, murmurando: “Dura es esta palabra: ¿quién la puede oír?”

La alabanza y la adulación agradarían a sus oídos; pero la verdad no es bienvenida; no la pueden oír. Cuando las muchedumbres siguen y son alimentadas, y se oyen los gritos de triunfo, sus voces claman alabanzas; pero cuando el escrutinio del Espíritu de Dios revela su pecado y los invita a dejarlo, dan la espalda a la verdad y no andan más con Jesús. Cuando aquellos discípulos desafectos se apartaron de Cristo, un espíritu diferente se apoderó de ellos. No podían ver atractivo alguno en Aquel a quien habían encontrado una vez tan interesante. Buscaron a sus enemigos porque estaban en armonía con su espíritu y obra. Interpretaron mal las palabras de Jesús, falsificaron sus declaraciones e impugnaron sus motivos. Mantuvieron su actitud, recogiendo todo detalle que se pudiera volver contra él; y fue tal la indignación suscitada por esos falsos informes que su vida peligró.

Cundió rápidamente la noticia de que, por su propia confesión, Jesús de Nazaret no era el Mesías. Y así la corriente del sentimiento popular se volvió contra él en Galilea, como había sucedido el año anterior en Judea. ¡Ay de Israel! Rechazó a su Salvador porque deseaba un conquistador que le diese poder temporal. Deseaba el alimento que perece, y no el que dura para vida eterna.

Con corazón anhelante, Jesús vio a aquellos que habían sido sus discípulos apartarse de él, la Vida y la Luz de los hombres. Al sentir que su compasión no era apreciada, su amor no era correspondido, su misericordia era despreciada, su salvación rechazada, se llenó su corazón de una tristeza inefable. Eran sucesos como éstos los que le hacían varón de dolores, experimentado en quebranto. Sin intentar impedir a los que se apartaban que lo hicieran, Jesús se volvió a los doce y dijo: “¿Queréis vosotros iros también?” Pedro respondió preguntando: “Señor, ¿a quién iremos? tú tienes palabras de vida eterna —añadió,— y nosotros creemos y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

“¿A quién iremos?” Los maestros de Israel eran esclavos del formalismo. Los fariseos y saduceos estaban en constante contienda. Dejar a Jesús era caer entre los que se aferraban a ritos y ceremonias, y entre hombres ambiciosos que buscaban su propia gloria. Los discípulos habían encontrado más paz y gozo desde que habían aceptado a Cristo que en toda su vida anterior. ¿Cómo podrían volver a aquellos que habían despreciado y perseguido al Amigo de los pecadores? Habían estado buscando durante mucho tiempo al Mesías; ahora había venido, y no podían apartarse de su presencia, para ir a aquellos que buscaban su vida y que los habían perseguido por haberse hecho discípulos de él. “¿A quién iremos?” No podían apartarse de las enseñanzas de Cristo, de sus lecciones de amor y misericordia, a las tinieblas de la incredulidad, a la perversidad del mundo. Mientras abandonaban al Salvador muchos de los que habían presenciado sus obras admirables, Pedro expresó la fe de los discípulos: “Tú eres el Cristo.” Aun el pensar que pudiesen perder esta ancla de sus almas, los llenaba de temor y dolor. Verse privados de un Salvador, era quedar a la deriva en un mar sombrío y tormentoso.

Muchas de las palabras y las acciones de Jesús parecen misteriosas para las mentes finitas, pero cada palabra y acto tenía su propósito definido en la obra de nuestra redención; cada uno estaba calculado para producir su propio resultado. Si pudiésemos comprender sus propósitos, todo parecería importante, completo y en armonía con su misión. Aunque no podemos comprender ahora las obras y los caminos de Dios, podemos discernir su gran amor, que está a la base de todo su trato con los hombres. El que vive cerca de Jesús comprenderá mucho del misterio de la piedad. Reconocerá la misericordia que administra reprensión, que prueba el carácter y saca a luz el propósito del corazón.

Cuando Jesús presentó la verdad escrutadora que hizo que tantos de sus discípulos se volvieran atrás, sabía cuál sería el resultado de sus palabras; pero tenía un propósito de misericordia que cumplir. Preveía que en la hora de la tentación cada uno de sus amados discípulos sería severamente probado. Su agonía de Getsemaní, su entrega y crucifixión, serían para ellos una prueba muy penosa. Si no hubiese venido una prueba anterior, habrían estado relacionados con ellos muchos impulsados solamente por motivos egoístas. Cuando su Señor fuese condenado en el tribunal; cuando la multitud que le había saludado como Rey le silbase y le vilipendiase; cuando la muchedumbre escarnecedora clamase: “Crucifícale;” cuando sus ambiciones mundanales fuesen frustradas, estos egoístas, renunciando a su fidelidad a Jesús habrían abrumado el corazón de los discípulos con una amarga tristeza adicional al pesar y chasco que sentían al ver naufragar sus esperanzas más caras. En esa hora de tinieblas, el ejemplo de los que se apartasen de él podría haber arrastrado a otros con ellos. Pero Jesús provocó esta crisis mientras podía por su presencia personal fortalecer todavía la fe de sus verdaderos seguidores.

¡Compasivo Redentor que, en pleno conocimiento de la suerte que le esperaba, allanó tiernamente el camino para los discípulos, los preparó para su prueba culminante y los fortaleció para la aflicción final!

Foto: http://bit.ly/1gfjsnO

15 de junio 2014

agua
Lectura para hoy:
 
                   Marcos 7: 1-23 (RV60) – 
Lo que contamina al hombre

Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido de Jerusalén; los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban. Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen. Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos. Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas? Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito:

Este pueblo de labios me honra,
Mas su corazón está lejos de mí.
Pues en vano me honran,
Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.

Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes. Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. 10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. 11 Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte, 12 y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre, 1invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a éstas.

 14 Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended: 15 Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre. 16 Si alguno tiene oídos para oír, oiga. 17 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le preguntaron sus discípulos sobre la parábola. 18 Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, 19 porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. 20 Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. 21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, 22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. 23 Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.

Foto: http://bit.ly/1g1NlYr

 

14 de junio 2014

-
Lectura para hoy:

                        Mateo 15: 1-20 (DHH) – 
Lo que hace impuro al hombre

Se acercaron a Jesús algunos fariseos y maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén, y le preguntaron:
¿Por qué tus discípulos desobedecen la tradición de nuestros antepasados? ¿Por qué no cumplen con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer? Jesús les preguntó:

—¿Y por qué también ustedes desobedecen el mandato de Dios para seguir sus propias tradiciones? Porque Dios dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”, y “El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte.” Pero ustedes afirman que un hombre puede decirle a su padre o a su madre: “No puedo ayudarte, porque todo lo que tengo lo he ofrecido a Dios”; y que cualquiera que diga esto, ya no está obligado a ayudar a su padre o a su madre. Así pues, ustedes han anulado la palabra de Dios para seguir sus propias tradiciones. 7 ¡Hipócritas! Bien habló el profeta Isaías acerca de ustedes, cuando dijo:

“Este pueblo me honra con la boca,
pero su corazón está lejos de mí.
9 De nada sirve que me rinda culto;
sus enseñanzas son mandatos de hombres.

10 Luego Jesús llamó a la gente y dijo:
>—Escuchen y entiendan: 11 Lo que entra por la boca del hombre no es lo que lo hace impuro. Al contrario, lo que hace impuro al hombre es lo que sale de su boca.

12 Entonces los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
—¿Sabes que los fariseos se ofendieron al oír lo que dijiste?

13 Él les contestó:
>—Cualquier planta que mi Padre celestial no haya plantado, será arrancada de raíz14 Déjenlos, pues son ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro, los dos caerán en algún hoyo.

15 Pedro entonces le dijo a Jesús: —Explícanos lo que dijiste.

16 Jesús respondió:
—¿Ni siquiera ustedes son todavía capaces de comprender? 17 ¿No entienden que todo lo que entra por la boca va al vientre, para después salir del cuerpo? 18 Pero lo que sale de la boca viene del interior del hombre; y eso es lo que lo hace impuro. 19 Porque del interior del hombre salen los malos pensamientos, los asesinatos, el adulterio, la inmoralidad sexual, los robos, las mentiras y los insultos. 20 Estas cosas son las que hacen impuro al hombre; pero el comer sin cumplir con la ceremonia de lavarse las manos, no lo hace impuro.

 Foto: http://bit.ly/1iKbiCS

13 de junio 2014

Pan de santa cena
Lectura para hoy:

                    El Deseado de todas las gentes, p. 355-359

“Respondió Jesús y díjoles: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.” El precio del cielo es Jesús. El camino al cielo es por la fe en “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (Juan 1: 29)

Pero la gente no quería recibir esta declaración de la verdad divina. Jesús había hecho la obra que la profecía había predicho que haría el Mesías; pero no habían presenciado lo que sus esperanzas egoístas habían representado como obra suya. Cristo había alimentado en verdad una vez a la multitud con panes de cebada; pero en los días de Moisés, Israel había sido alimentado con maná durante cuarenta años, y se esperaban bendiciones mucho mayores del Mesías. Con corazón desconforme, preguntaban por qué, si Jesús podía hacer obras tan admirables como las que habían presenciado, no podía dar a todos los suyos salud, fuerza y riquezas, librarlos de sus opresores y exaltarlos al poder y la honra. El hecho de que aseverara ser el Enviado de Dios, y, sin embargo, se negara a ser el Rey de Israel era un misterio que no podían sondear. Su negativa fue mal interpretada. Muchos concluyeron que no se atrevía a presentar sus derechos porque él mismo dudaba del carácter divino de su misión. Así abrieron su corazón a la incredulidad, y la semilla que Satanás había sembrado llevó fruto según su especie: incomprensión y deserción. Ahora, medio en tono de burla, un rabino preguntó “¿Qué señal pues haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer.”

Los judíos honraban a Moisés como dador del maná, tributando alabanza al instrumento, y perdiendo de vista a Aquel por quien la obra había sido realizada. Sus padres habían murmurado contra Moisés, y habían dudado de su misión divina y la habían negado. Ahora, animados del mismo espíritu, los hijos rechazaban a Aquel que les daba el mensaje de Dios. “Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés pan del cielo; mas mi Padre os dio el verdadero pan del cielo.” El que había dado el maná estaba entre ellos. Era Cristo mismo quien había conducido a los hebreos a través del desierto, y los había alimentado diariamente con el pan del cielo. Este alimento era una figura del verdadero pan del cielo. El Espíritu que fluye de la infinita plenitud de Dios y da vida es el verdadero maná. Jesús dijo: “El pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.” Pensando todavía que Jesús se refería al alimento temporal, algunos de sus oyentes exclamaron: “Señor, danos siempre este pan.” Jesús habló entonces claramente: “Yo soy el pan de vida.”

La figura que Cristo empleó era familiar para los judíos. Moisés, por inspiración del Espíritu Santo, había dicho: “El hombre no vivirá de solo pan, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová.” Y el profeta Jeremías había escrito: “Halláronse tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón.” (Deuteronomio 8: 3; Jeremías 15: 16) Los rabinos mismos solían decir que el comer pan, en su significado espiritual, era estudiar la ley y practicar las buenas obras; se decía a menudo que cuando viniese el Mesías, todo Israel sería alimentado. La enseñanza de los profetas aclaraba la profunda lección espiritual del milagro de los panes. Cristo trató de presentar esta lección a sus oyentes en la sinagoga. Si ellos hubiesen comprendido las Escrituras, habrían entendido sus palabras cuando dijo: “Yo soy el pan de vida.” Tan sólo el día antes, la gran multitud, hambrienta y cansada, había sido alimentada por el pan que él había dado. Así como de ese pan habían recibido fuerza física y refrigerio, podían recibir de Cristo fuerza espiritual para obtener la vida eterna. “El que a mí viene —dijo,— nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” Pero añadió: “Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis.”

Habían visto a Cristo por el testimonio del Espíritu Santo, por la revelación de Dios a sus almas. Las evidencias vivas de su poder habían estado delante de ellos día tras día, y, sin embargo, pedían otra señal. Si ésta les hubiese sido dada, habrían permanecido tan incrédulos como antes. Si no quedaban convencidos por lo que habían visto y oído, era inútil mostrarles más obras maravillosas. La incredulidad hallará siempre disculpas para dudar, y destruirá por sus raciocinios las pruebas más positivas.

Cristo volvió a apelar a estos corazones obcecados. “Al que a mí viene, no le echo fuera.” Todos los que le recibieran por la fe, dijo él, tendrían vida eterna. Ninguno se perdería. No era necesario que los fariseos y saduceos disputasen acerca de la vida futura. Ya no necesitaban los hombres llorar desesperadamente a sus muertos. “Esta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero.”

Pero los dirigentes del pueblo se ofendieron, “y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?” Refiriéndose con escarnio al origen humilde de Jesús, procuraron despertar prejuicios. Aludieron despectivamente a su vida como trabajador galileo, y a su familia pobre y humilde. Los asertos de este carpintero sin educación, dijeron, eran indignos de su atención. Y a causa de su nacimiento misterioso, insinuaron que era de parentesco dudoso, presentaron así las circunstancias humanas de su nacimiento como una mancha sobre su historia.

Jesús no intentó explicar el misterio de su nacimiento. No contestó las preguntas relativas a su descenso del cielo, como no había contestado las preguntas acerca de cómo había cruzado el mar. No llamó la atención a los milagros que señalaban su vida. Voluntariamente se había hecho humilde, sin reputación, tomando forma de siervo. Pero sus palabras y obras revelaban su carácter. Todos aquellos cuyo corazón estaba abierto a la iluminación divina reconocerían en él al “unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1: 14)

El prejuicio de los fariseos era más hondo de lo que sus preguntas indicaban; tenía su raíz en la perversidad de su corazón. Cada palabra y acto de Jesús despertaba en ellos antagonismo; porque el espíritu que ellos albergaban no podía hallar respuesta en él. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.” Nadie vendrá jamás a Cristo, salvo aquellos que respondan a la atracción del amor del Padre. Pero Dios está atrayendo todos los corazones a él, y únicamente aquellos que resisten a su atracción se negarán a venir a Cristo.

En las palabras, “serán todos enseñados de Dios,” Jesús se refirió a la profecía de Isaías: “Y todos tus hijos serán enseñados de Jehová; y multiplicará la paz de tus hijos.” (Isaías 54: 13) Este pasaje se lo apropiaban los judíos. Se jactaban de que Dios era su maestro. Pero Jesús demostró cuán vano era este aserto; porque dijo: “Todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.” Únicamente por Cristo podían ellos recibir un conocimiento del Padre. La humanidad no podía soportar la visión de su gloria. Los que habían aprendido de Dios habían estado escuchando la voz del Hijo, y en Jesús de Nazaret iban a reconocer a Aquel a quien el Padre había declarado por la naturaleza y la revelación.

“De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.” Por medio del amado Juan, que escuchó estas palabras, el Espíritu Santo declaró a las iglesias: “Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida.” (1 Juan 5:11, 12) Y Jesús dijo: “Yo le resucitaré en el día postrero.” Cristo se hizo carne con nosotros, a fin de que pudiésemos ser espíritu con él. En virtud de esta unión hemos de salir de la tumba, no simplemente como manifestación del poder de Cristo, sino porque, por la fe, su vida ha llegado a ser nuestra. Los que ven a Cristo en su verdadero carácter, y le reciben en el corazón, tienen vida eterna. Por el Espíritu es como Cristo mora en nosotros; y el Espíritu de Dios, recibido en el corazón por la fe, es el principio de la vida eterna.

Al hablar con Cristo, la gente se había referido al maná que sus padres comieron en el desierto, como si al suministrar este alimento se hubiese realizado un milagro mayor que el que Jesús había hecho; pero él les demuestra cuán débil era este don comparado con las bendiciones que él había venido a otorgar. El maná podía sostener solamente esta existencia terrenal; no impedía la llegada de la muerte, ni aseguraba la inmortalidad; mientras que el pan del cielo alimentaría el alma para la vida eterna. El Salvador dijo: “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y son muertos. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de el comiere, no muera. Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo: si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre.” Cristo añadió luego otra figura a ésta. Únicamente muriendo podía impartir vida a los hombres, y en las palabras que siguen señala su muerte como el medio de salvación. Dice: “El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.”

Los judíos estaban por celebrar la Pascua en Jerusalén, en conmemoración de la noche en que Israel había sido librado, cuando el ángel destructor hirió los hogares de Egipto. En el cordero pascual, Dios deseaba que ellos viesen el Cordero de Dios y que por este símbolo recibiesen a Aquel que se daba a sí mismo para la vida del mundo. Pero los judíos habían llegado a dar toda la importancia al símbolo, mientras que pasaban por alto su significado. No discernían el cuerpo del Señor. La misma verdad que estaba simbolizada en la ceremonia pascual, estaba enseñada en las palabras de Cristo. Pero no la discernían tampoco. Entonces los rabinos exclamaron airadamente: “¿Cómo puede éste darnos su carne a comer?” Afectaron comprender sus palabras en el mismo sentido literal que Nicodemo cuando preguntó: “¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo?” (Juan 3: 4) Hasta cierto punto comprendían lo que Jesús quería decir, pero no querían reconocerlo. Torciendo sus palabras, esperaban crear prejuicios contra él en la gente.

Cristo no suavizó su representación simbólica. Reiteró la verdad con lenguaje aun más fuerte: “De cierto, de cierto os digo: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él.” Comer la carne y beber la sangre de Cristo es recibirle como Salvador personal, creyendo que perdona nuestros pecados, y que somos completos en él. Contemplando su amor, y espaciándonos en él, absorbiéndolo, es como llegamos a participar de su naturaleza. Lo que es el alimento para el cuerpo, debe serlo Cristo para el alma. El alimento no puede beneficiarnos a menos que lo comamos; a menos que llegue a ser parte de nuestro ser. Así también Cristo no tiene valor para nosotros si no le conocemos como Salvador personal. Un conocimiento teórico no nos beneficiará. Debemos alimentarnos de él, recibirle en el corazón, de tal manera que su vida llegue a ser nuestra vida. Debemos asimilarnos su amor y su gracia.

Pero aun estas figuras no alcanzan a presentar el privilegio que es para el creyente la relación con Cristo. Jesús dijo: “Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.” Como el Hijo de Dios vivía por la fe en el Padre, hemos de vivir nosotros por la fe en Cristo. Tan plenamente estaba Jesús entregado a la voluntad de Dios que sólo el Padre aparecía en su vida. Aunque tentado en todos los puntos como nosotros, se destacó ante el mundo sin llevar mancha alguna del mal que le rodeaba. Así también hemos de vencer nosotros como Cristo venció.

¿Somos seguidores de Cristo? Entonces todo lo que está escrito acerca de la vida espiritual, está escrito para nosotros, y podemos alcanzarlo uniéndonos a Jesús. ¿Languidece nuestro celo? ¿Se ha enfriado nuestro primer amor? Aceptemos otra vez el amor que nos ofrece Cristo. Comamos de su carne, bebamos de su sangre, y llegaremos a ser uno con el Padre y con el Hijo.

 Foto: http://bit.ly/1omdpQC

12 de junio 2014

atardecer

Lectura para hoy: 
                   El Deseado de todas las gentes, p. 352-354

Capítulo 41 – La crisis en Galilea

Cuando Cristo prohibió a la gente que le declarara rey, sabía que había llegado a un momento decisivo de su historia. Mañana se apartarían de él las multitudes que hoy deseaban exaltarle al trono. El chasco que sufriera su ambición egoísta iba a transformar su amor en odio, su alabanza en maldiciones. Aunque sabía esto, no tomó medidas para evitar la crisis. Desde el principio, no había presentado a sus seguidores ninguna esperanza de recompensas terrenales. A uno que vino deseando ser su discípulo, le había dicho: “Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza.” (Mateo 8: 20) Si los hombres pudiesen haber tenido el mundo con Cristo, multitudes le habrían tributado fidelidad; pero no podía aceptar un servicio tal. Entre los que estaban relacionados con él, muchos habían sido atraídos por la esperanza de un reino mundanal. Estos debían ser desengañados. La profunda enseñanza espiritual que hay en el milagro de los panes no había sido comprendida. Tenía que ser aclarada. Y esa nueva revelación iba a traer consigo una prueba más detenida.

La noticia del milagro de los panes se difundió lejos y cerca, y muy temprano a la mañana siguiente, la gente acudió a Betsaida para ver a Jesús. Venía en grandes multitudes, por mar y tierra. Los que le habían dejado a la noche anterior, volvieron esperando encontrarle todavía allí; porque no había barco en el cual pudiese pasar al otro lado. Pero su búsqueda fue infructuosa, y muchos se dirigieron a Capernaúm, siempre buscándole.

Mientras tanto, él había llegado a Genesaret, después de sólo un día de ausencia. Apenas se supo que había desembarcado, la gente, “recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que estaba.” (Marcos 6: 55) Después de un tiempo, fue a la sinagoga, y allí le encontraron los que habían venido de Betsaida. Supieron por sus discípulos cómo había cruzado el mar. La furia de la tempestad y las muchas horas de inútil remar contra los vientos adversos, la aparición de Cristo andando sobre el agua, los temores así despertados, sus palabras consoladoras, la aventura de Pedro y su resultado, con el repentino aplacamiento de la tempestad y la llegada del barco, todo esto fue relatado fielmente a la muchedumbre asombrada. No contentos con esto, muchos se reunían alrededor de Jesús preguntando: “Rabbí, ¿cuándo llegaste acá?” Esperaban oír de sus labios otro relato del milagro.

Jesús no satisfizo su curiosidad. Dijo tristemente: “Me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os hartasteis.” No le buscaban por algún motivo digno; sino que como habían sido alimentados con los panes, esperaban recibir todavía otros beneficios temporales vinculándose con él. El Salvador les instó: “Trabajad no por la comida que perece, mas por la comida que a vida eterna permanece.” No busquéis solamente el beneficio material. No tenga por objeto vuestro principal esfuerzo proveer para la vida actual, pero buscad el alimento espiritual, a saber, esa sabiduría que durará para vida eterna. Sólo el Hijo de Dios puede darla; “porque a éste señaló el Padre, que es Dios.”

Por el momento se despertó el interés de los oyentes. Exclamaron: “¿Qué haremos para que obremos las obras de Dios?” Habían estado realizando muchas obras penosas para recomendarse a Dios; y estaban listos para enterarse de cualquier nueva observancia por la cual pudiesen obtener mayor mérito. Su pregunta significaba: ¿Qué debemos hacer para merecer el cielo? ¿Cuál es el precio requerido para obtener la vida venidera?

 Foto: http://bit.ly/1mhYsg6

11 de junio 2014

olas
Lectura para hoy:
 
                   El Deseado de todas las gentes, p. 349-351

Jesús no los había olvidado. El que velaba en la orilla vio a aquellos hombres que llenos de temor luchaban con la tempestad. Ni por un momento perdió de vista a sus discípulos. Con la más profunda solicitud, sus ojos siguieron al barco agitado por la tormenta con su preciosa carga; porque estos hombres habían de ser la luz del mundo. Como una madre vigila con tierno amor a su hijo, el compasivo Maestro vigilaba a sus discípulos. Cuando sus corazones estuvieron subyugados, apagada su ambición profana y en humildad oraron pidiendo ayuda, les fue concedida.

En el momento en que ellos se creyeron perdidos, un rayo de luz reveló una figura misteriosa que se acercaba a ellos sobre el agua. Pero no sabían que era Jesús. Tuvieron por enemigo al que venía en su ayuda. El terror se apoderó de ellos Las manos que habían asido los remos con músculos de hierro, los soltaron. El barco se mecía al impulso de las olas, todos los ojos estaban fijos en esta visión de un hombre que andaba sobre las espumosas olas de un mar agitado. Ellos pensaban que era un fantasma que presagiaba su destrucción y gritaron atemorizados. Jesús siguió avanzando, como si quisiese pasar más allá de donde estaban ellos, pero le reconocieron, y clamaron a él pidiéndole ayuda. Su amado Maestro se volvió entonces, y su voz aquietó su temor: “Alentaos; yo soy, no temáis.” Tan pronto como pudieron creer el hecho prodigioso, Pedro se sintió casi fuera de sí de gozo. Como si apenas pudiese creer, exclamó: “Señor, si tú eres, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” Y él dijo: “Ven.”

Mirando a Jesús, Pedro andaba con seguridad; pero cuando con satisfacción propia, miró hacia atrás, a sus compañeros que estaban en el barco, sus ojos se apartaron del Salvador. El viento era borrascoso. Las olas se elevaban a gran altura, directamente entre él y el Maestro; y Pedro sintió miedo. Durante un instante, Cristo quedó oculto de su vista, y su fe le abandonó. Empezó a hundirse. Pero mientras las ondas hablaban con la muerte, Pedro elevó sus ojos de las airadas aguas y fijándolos en Jesús, exclamó: “Señor, sálvame.” Inmediatamente Jesús asió la mano extendida, diciéndole: “Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

Andando lado a lado, y teniendo Pedro su mano en la de su Maestro, entraron juntos en el barco. Pero Pedro estaba ahora subyugado y callado. No tenía motivos para alabarse más que sus compañeros, porque por la incredulidad y el ensalzamiento propio, casi había perdido la vida. Cuando apartó sus ojos de Jesús, perdió pie y se hundía en medio de las ondas.

Cuando la dificultad nos sobreviene, con cuánta frecuencia somos como Pedro. Miramos las olas en vez de mantener nuestros ojos fijos en el Salvador. Nuestros pies resbalan, y las orgullosas aguas sumergen nuestras almas. Jesús no le había pedido a Pedro que fuera a él para perecer; él no nos invita a seguirle para luego abandonarnos. “No temas —dice,— porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Cuando pasares por las aguas, yo seré contigo; y por los ríos, no te anegarán. Cuando pasares por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador.” (Isaías 43:1-3)

Jesús leía el carácter de sus discípulos. Sabía cuán intensamente había de ser probada su fe. En este incidente sobre el mar, deseaba revelar a Pedro su propia debilidad, para mostrarle que su seguridad estaba en depender constantemente del poder divino. En medio de las tormentas de la tentación, podía andar seguramente tan sólo si, desconfiando totalmente de sí mismo, fiaba en el Salvador. En el punto en que Pedro se creía fuerte, era donde era débil; y hasta que pudo discernir su debilidad no pudo darse cuenta de cuánto necesitaba depender de Cristo. Si él hubiese aprendido la lección que Jesús trataba de enseñarle en aquel incidente sobre el mar, no habría fracasado cuando le vino la gran prueba.

Día tras día, Dios instruye a sus hijos. Por las circunstancias de la vida diaria, los está preparando para desempeñar su parte en aquel escenario más amplio que su providencia les ha designado. Es el resultado de la prueba diaria lo que determina su victoria o su derrota en la gran crisis de la vida. Los que dejan de sentir que dependen constantemente de Dios, serán vencidos por la tentación. Podemos suponer ahora que nuestros pies están seguros y que nunca seremos movidos. Podemos decir con confianza: Yo sé a quién he creído; nada quebrantará mi fe en Dios y su Palabra. Pero Satanás está proyectando aprovecharse de nuestras características heredadas y cultivadas, y cegar nuestros ojos acerca de nuestras propias necesidades y defectos. Únicamente comprendiendo nuestra propia debilidad y mirando fijamente a Jesús, podemos estar seguros.

Apenas hubo tomado Jesús su lugar en el barco, cuando el viento cesó, “y luego el barco llegó a la tierra donde iban.” La noche de horror fue sucedida por la luz del alba. Los discípulos, y otros que estaban a bordo, se postraron a los pies de Jesús con corazones agradecidos, diciendo: “Verdaderamente eres Hijo de Dios.” 

 Foto: http://bit.ly/1loaaVx